Las peores especulaciones sobre Hugo Chávez y el chavismo se han convertido en trágica certeza. Todos los epítetos de comunista, totalitario, alcahueta de la más abyecta corrupción han quedado comprobados con la conducta de sus sedicentes hijos. La seguridad de que Chávez jamás habría de entregar el poder como consecuencia de unas elecciones ha quedado verificada de manera científica con lo que viene aconteciendo, especialmente desde las victorias de la oposición en las parlamentarias de 2015 y las etapas del revocatorio antes del atraco a manos de jueces penales que lo liquidó.

Con implacable apuro, las operadoras electorales de Chávez, hoy de Maduro, enlodan la historia venezolana con la comparación entre el trato a la oposición y el sumiso proceder frente al gobierno, ahora aceptando en horas el secuestro de la voluntad popular, organizando en minutos un aquelarre electoral más complicado que cualquier elección celebrada en el planeta. Solo imaginar a las señoras redactando el padrón de los pescadores o la lista de los empresarios sectorializados, da pena y vergüenza.

El lema de que Chávez sólo aceptaba las elecciones mientras las ganase, confirmado ya con los manotazos con que arrebataba inmediatamente lo que perdía en las urnas (la reforma constitucional del 2007, las derrotas en gobernaciones y alcaldías, el alcalde mayor robado de todas sus competencias y luego ¡preso!), eran sólo premoniciones de lo que luego haría su sucesor. Cómo defender ahora el más mínimo trazo de democracia en un proyecto político que pretende asumir todo poder político con un apoyo popular menor al 15%.

Puestos a ver, el escenario político presenta sólo dos novedades, una buena y otra pésima. Aquella, una conciencia luego de años de postración institucional en que no había siquiera un voto salvado en el TSJ: la actitud de la fiscal con sus declaraciones y, sobre todo, con su negación a usar la justicia penal como arma política, como Chávez había acostumbrado al país.

La pésima, el asesinato como medida de control de manifestaciones. Cincuenta muertos en cincuenta días supera todo registro histórico; que lo diga el utility Jaua, que todos los jueves en los 90 tiraba piedras en Las Tres Gracias. En esto es lo único en que los hijos superan al padre.

@glinaresbenzo

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