Setenta muertes después, Maduro descubre la necesidad de “adecuar a las fuerzas del orden” y hace un llamado a las Fuerzas Armadas Bolivarianas que él mismo comanda, para que se “no caiga más nadie”, según nos informa un despacho de la agencia AFP de reconocida confiabilidad y precisión. De manera que podemos citar ese despacho de prensa con total confianza pues no se trata de una nueva tracalería de Villeguita, el hombre de las mil y una mentira transmitidas por los canales del oficialismo, que enlodan el apellido de uno de los más respetados dirigentes obreros del país. Y sobre este punto no hay discrepancia alguna para quienes lo conocieron y lo vieron actual con humildad y coraje.

Cuando Maduro pide al Alto Mando Militar que deje de actuar a lo loco y les ruega que “no caiga más nadie”, la mayoría de los venezolanos entiende que este señor que se muestra tan arrogante en televisión ha perdido su capacidad de mando sobre la Fuerzas Armada y que, agobiado por sus torpezas, no le queda otra salida que mostrarse sumiso y permisivo ante los poderes que oxigenan su agonizante tránsito al frente de Miraflores.

Lo cierto es que a Maduro, dentro de su partido y de sus aliados, ya le están cantando las gallinas como gallos, valga decir, que es hora de hacer las maletas y buscar refugio en el mar de la felicidad. Ningún jefe debe rogar que sus órdenes sean cumplidas si ellas responden a lo que la Constitución que su padre político le dejó con el deseo expreso de que se cumpliera como voluntad definitiva del pueblo soberano.

Pero ahora resulta que el gallinero está alborotado y cada quien cuida sus intereses y no los de la nación. Maduro solicita que el Alto Mando Militar cambie su proceder y “comencemos a adecuar las fuerzas del orden público que necesita la patria para que haya paz, paz con vida, y no caiga más nadie (…) Es una meta”.

¿Y es que antes no era una meta para la Fuerza Armada el respeto a la vida, el actuar dentro de las normas establecidas nacional e internacionalmente para proteger los derechos humanos, la prohibición expresa de allanar viviendas sin una orden judicial, de apresar a los ciudadanos y esconderlos de sus familiares, hundirlos en la sombra de una celda, interrogarlos y torturarlos utilizando métodos infames ya practicados en la guerra de Irak y en Cuba?

Las denuncias sobre estas prácticas inhumanas ya están siendo clasificadas para ser remitidas a las instancias internacionales, pero los venezolanos necesitan algo que vaya más allá de ese paso inevitable. Cuando un general miente y dice que no disparan a matar se hunde la credibilidad de la Fuerza Armada, o mejor dicho de la Guardia Nacional Bolivariana.

La institución militar en sí misma se resiente cuando algunos de sus altos representantes adoptan la falsedad de los jefes maduristas y caen en las arenas movedizas hacia donde Miraflores astutamente los conduce y donde, por más que luchen, se hundirán cada vez más. Terminarán perdiendo sus aspiraciones profesionales y terminarán manchando su familia, sus hijos y su descendencia. Serán los parias del futuro si, en un gesto heroico como el de la fiscal general, se oponen como hombres de honor al narco irrespeto de la Constitución de la República Bolivariana  de Venezuela.

Editorial El Nacional

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