Dijo Rómulo Gallegos que los venezolanos eran belicosos, no belicistas. Y preferían acuchillarse entre ellos antes que acuchillar a sus vecinos. Por eso se han dejado ultrajar, asaltar y robar por su vecindario, mientras se distraían ultrajándose a sí mismos. Si así no fuera, una isla miserable no se hubiera hecho de nuestras riquezas. Y para frenar la tragedia ya hubieran intervenido las grandes potencias.

A Fausto Masó

La cochina de Vladimir Padrino ha trancado el juego. Por orden del dueño del casino, don Raúl Castro Ruz y su matón a cargo, Nicolás Maduro. No han apagado la luz porque todavía hay ubres que ordeñar, coca que traficar, petróleo que extraer. Y de esa leche, de esa coca y de ese petróleo vive Cuba, la puta. Y sus proxenetas a cargo.

Cuenta el historiador Manuel Moreno Fraginals en su ensayo Cuba/España, España/Cuba, obra cumbre de la conciencia histórica cubana escrita de memoria en su exilio mayamero, que de los millones de esclavos importados de África por la galleguía blanca que ha mandoneado la isla desde los tiempos de su descubrimiento, solo era útil la fuerza de trabajo de los esclavos machos. Las esclavas sobraban. A no ser que se las usara de vientres para reproducir la esclavitud, o de prostitutas al servicio de la marinería colonial, que debía pasar a juro por la isla de ida o vuelta de la península y esperar meses en el ocio de arena, sol y palmeras mientras se le hacía mantenimiento a la flota. Cuba dispuso así de la primera industria porno sexual a gran escala de las Américas. Las jineteras apenas han sido su versión marxista leninista.

Esa isla, riquísima por cierto gracias a la industria del azúcar y con el mayor número de condes, duques y marqueses del Imperio en ultramar, a la que Bolívar despreciara por rastrera ante el poder imperial y a la que Sucre insistía en invadir para poner en vereda y evitar sirviera de plataforma invasora a la reconquista, como en efecto, detenta doscientos años después el poder omnímodo sobre la primera república independiente de Hispanoamérica. Que sacrificó por liberar a América la misma cantidad de vidas que Cuba importara en esclavos africanos durante la primera mitad del siglo XIX: 350.000 almas. Basta ese hecho insólito –la madre de la independencia americana prostituida por el último de sus bastardos– para comprender la absurda naturaleza de esta Venezuela del absurdo. Que en el colmo de la irracionalidad ni siquiera está administrada por un venezolano por los cuatro costados, sino por un matón analfabeta de origen incierto.

De allí la imposibilidad de encasillar la actual situación por la que atraviesa nuestro país según los cánones y cuadrantes de la lógica sociopolítica. Es la primera vez en la historia de la región y posiblemente del mundo que un gran país es colonizado por una isla miserable. Y lo que riza el rizo del absurdo: por la libre voluntad del colonizado, que sin la menor presión corre a arrodillarse a los pies de un tirano extranjero. Como también debe ser la primera vez en la historia de la humanidad que ese servil magistrado decidido a traicionar al país que presidiera fuera electo y varias veces reelecto por una abrumadora mayoría de quienes, al cabo de los años, conformarían su aplastante masa opositora. Un hecho tan absurdo como un celebrado acto de automutilación. Por no hablar de suicidio, que los suicidios suelen obedecer a una lógica. Desquiciada, pero lógica al fin.

Yo, que viví la tragedia chilena en sus orígenes, jamás supe de alguna madre que justificara el asesinato de su hijo por estar de acuerdo con el asesino y en desacuerdo con su hijo asesinado. Algo tan aberrante como hijos mandando al cadalso a sus padres, algo solo visto bajo regímenes totalitarios. Ni de otras madres que respetaran tal vileza “por corresponder a sus sentimientos”. Son los dos extremos del absurdo: una gran nación de histórica prosapia sometida a la tiranía de un exabrupto colonial y una madre que justifica el asesinato de su hijo porque comparte la política de los asesinos. Solo en Venezuela, la absurda.

Solo en un país degradado a su máxima infamia puede darse el colmo del absurdo de unas fuerzas armadas al servicio del invasor. Pues solo unas fuerzas armadas desquiciadas pueden anteponer los intereses gansteriles que a su oficialidad le asegura el invasor –narcotraficar o manejar el restante de divisas que deja de sobra luego de asegurar su tajada, para su propio enriquecimiento–. Tantos años dedicados al estudio de la historia para vivir el colmo del absurdo: un país entero que se rebela contra un puñado de facinerosos sostenidos por la soldadesca que viola todos los principios constitucionales. Ladrones uniformados y uniformados ladrones.

Bertolt Brecht, un gran poeta alemán, despertó por un momento de la seducción que sobre él ejercía el comunismo soviético cuando en 1956 las tropas del Pacto de Varsovia aplastaran a su pueblo que se levantaba en una insurrección muchísimo menor que la que hoy sacude a Venezuela, la absurda. Y dijo: “Si a este gobierno no les gusta este pueblo, tendrá que salir a buscarse otro”. O nuestro querido amigo el poeta catalán José Agustín Goytisolo que escribió ese maravilloso poema musicalizado por Paco Ibáñez, “El lobito bueno”:

“Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/ todos los corderos.

Y había también/ un príncipe malo,/ una bruja hermosa/ y un pirata honrado.

Todas estas cosas/ había una vez,/ cuando yo soñaba/ un mundo al revés”.

El cuadro que retratan las encuestas es digno de ese mundo al revés. Los millones que protestan contra el régimen ni siquiera se atreven a imaginar escudos que no sean de cartón, ni las fuerzas armadas que soportan al régimen se atreven a asesinar a más de uno o dos manifestantes por día. Venezuela la absurda no es el Chile de Pinochet ni la Argentina de Videla, donde sucede lo que suele suceder normalmente en la América Latina de siempre. Pero tampoco es Marruecos, Libia o el Egipto de la Primavera Árabe, donde se da el asombro de lo extraordinario. ¿Cobardía o sadomasoquismo? Según un importante analista inglés, es cobardía. Tengo mis serias dudas.

Venezuela la absurda está paralizada, hemipléjica, detenida por la contención del horror que aguarda al borde del precipicio. Se trancó su historia por la cochina de Vladimir Padrino y todos hacen como que avanzamos, aunque estamos congelados. Empinados sobre el cadalso, con la soga al cuello. Es una tragedia a cuentagotas que, en el colmo del absurdo, ha terminado en manos de unas bastardas isletas de juguetería presididas por unos pigmeos mendicantes que pueden trancar con sus patitas la puerta de la salida que tratan de abrir las grandes potencias de la región. 1.000 millones de americanos que buscan quitar la cochina de Vladimir Padrino boicoteados por los enanos del circo de los hermanos Castro. ¿No es absurdo?

Dijo Rómulo Gallegos que los venezolanos eran belicosos, no belicistas. Y preferían acuchillarse entre ellos antes que acuchillar a sus vecinos. Por eso se han dejado ultrajar, asaltar y robar por el vecindario, perdiendo ricos y extensos territorios mientras se distraían ultrajándose a sí mismos. Si así no fuera, una isla miserable no se hubiera hecho de nuestras riquezas. Y para frenar la tragedia ya hubieran intervenido las grandes potencias. Mientras así sea, a soportar el sino de esta Venezuela, la absurda.

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