“Al PSUV le espera exactamente el mismo futuro que hoy viven las fuerzas represivas del pinochetismo dictatorial chileno: Punta Peuco, una cárcel de máxima seguridad para pasar sus condenas a perpetuidad por los horrendos crímenes cometidos y esperar el fin de sus vidas en celdas con vista al mar”.
En su peor momento, a punto de perder el plebiscito que lo obligaría a enfrentarse a la oposición en unas presidenciales celebradas bajo su institucionalidad con absoluta transparencia y el cumplimiento irrestricto de las normas internacionales, el dictador chileno Augusto Pinochet contaba con un respaldo de casi 50%. El país se encontraba en la más boyante situación de su historia y, a pesar del rechazo internacional, el reconocimiento a la labor de reconstrucción y estabilización de la sociedad chilena era prácticamente unánime. A disgusto de los hechos y acorralado por sus propios compañeros de gobierno, no hizo lo que bien pudiera haber intentado: aferrarse al poder y bañar en sangre a la República, como lo está haciendo en Venezuela quien no cuenta con 10% de apoyo popular. Se lo impidieron su conciencia, unas fuerzas armadas profesionales, honestas y patrióticas a carta cabal, pero sobre todo: un pueblo orgulloso de su identidad nacional.
Si se atrevió a respetar su propia Constitución fue porque tuvo claros indicios de que luego de 17 años de gobierno su prestigio se encontraba intacto y que las fuerzas que lo respaldaban hubieran sido las mismas de los tiempos en que se vio obligado a deponer a Salvador Allende por imposición de la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República, el Congreso Nacional y la mayoría ciudadana –más de 60%– si no hubiera sido por la desafección de la Democracia Cristiana.

Pinochet tenía perfecta conciencia de la magnitud de su obra, pero también de que le faltaba tiempo para culminarla: poner a Chile entre los países más desarrollados del planeta. De hecho, la concertación nacional de centroizquierda que lo venció en las presidenciales se encargaría de hacerlo en los 20 años que durara su mandato, para verla coronada en la obra de Sebastián Piñera, candidato que marcó el regreso de la derecha civil al poder y puso a Chile al nivel de España, Italia y Portugal.
Siendo estas verdades indiscutibles ¿quién se atrevería, luego de los mismos 17 años transcurridos y la cruenta y sanguinaria crisis humanitaria en la que Nicolás Maduro ha sumido al pueblo venezolano, a comparar su dictadura castrocomunista en pleno naufragio y hundimiento con la sólida, estructurada y exitosa dictadura liberal conservadora del capitán general chileno?
Producto de la sabiduría de todos los sectores políticos chilenos ha sido la hegeliana superación del pinochetismo, diluido en los dos grandes partidos de la derecha y centroderecha chilenas: Renovación Nacional y la Unión Demócrata Independiente. Sus principales legados: sus admirables obras civiles, el esplendoroso desarrollo de una nueva economía nacional, la prosperidad creciente de todos sus sectores sociales y el fortalecimiento de la institucionalidad estatal. El primer tropiezo a esa admirable obra de superación y fortalecimiento del estadismo nacional, emprendidos a la salida de la dictadura por todos los sectores políticos y sociales chilenos, ha sido producto del abandono irreflexivo de la concertación nacional en su mejor y más productivo momento centrado en la alianza de la Democracia Cristiana, de Patricio Aylwin, con el Socialismo chileno liderado por Ricardo Lagos, con la exclusión del radicalismo de izquierdas –el Partido Comunista y el MIR– para rendirse a la presencia determinante del Partido Comunista y el afiebrado intento de recomponer la Unidad Popular bajo el liderazgo de Michelle Bachelet.

Rompiendo la óptica orientada al futuro, la llamada Nueva Mayoría se empeñó en aplicar “la retroexcavadora”. El resultado es obvio: un estancamiento económico y una grave crisis de identidad en la izquierda chilena que, al romper con Lagos, perdió todo anclaje real en una política posible del progresismo chileno. Producto de su descarado oportunismo electorero y la automarginación de la Democracia Cristiana, los partidos de la llamada Nueva Mayoría desesperan al verse superados por la izquierda radical emergente. Su candidato, el independiente Alejandro Guillier, ya se ve desplazado en las encuestas por la candidata del Frente Amplio, versión edulcorada del chavismo civil chileno. Y en el colmo de la miopía política, comunistas y socialistas se dedican a echarle la culpa del retroceso de la coalición en las encuestas al candidato independiente que ellos mismo prefirieron.
Sobran las enseñanzas que se derivan del caso chileno para esta sórdida, ciega y reaccionaria satrapía que se va a pique ahogada en sus insuperables contradicciones. De ella no queda nada por superar, resguardar o salvar. Este apocalíptico retroceso al más oscuro y reaccionario pasado no deja legado alguno, que no sea la horrenda miseria del presente. La única opción para sus sectores más conscientes, como el liderado por la fiscal general de la República y los sectores chavistas que la respaldan, es salvar lo poquísimo que les resta: el 5% histórico del electorado marxista de nuestro lejano pasado. Como bien dice el refrán: del ahogado el sombrero, e iniciar la búsqueda a una integración plena con la revolución democrática en curso. Es un futuro difícil, pero provechoso: crear una nueva hegemonía para una izquierda renovada.
Al PSUV, en cambio, le espera exactamente el mismo futuro de las fuerzas represivas del pinochetismo chileno: Punta Peuco, una cárcel de máxima seguridad para pasar condenas a perpetuidad con vista al mar.

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