Hay congestión en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Mucha bulla, corneteo, las motos como hormigas evaden los obstáculos por las aceras. A lo lejos, una o dos cuadras más abajo, una voz que grita desde un alto parlante. Caminamos hacia el lugar para observar qué ocurre: dos o tres camiones empapelados con pancartas que promueven la Constituyente es la razón de la tranca. La voz estridente menciona algo de los terroristas, alcanzamos a escuchar el nombre de Freddy Guevara, de Julio Borges y el ensordecedor sonido asegura que con la Constituyente regresará la paz y acabarán con los terroristas. También menciona que habrá comida para todos a precios solidarios.

 

 

A un lado una larga fila de caras indiferentes están pendientes de algo mucho más urgente: “va a salir algo” es lo que se escucha en las tres cuadras de gente que se forman frente a un pequeño negocio de víveres ¿será harina PAN? ¿O será arroz? Normalmente no hay certeza de cual producto es el que va a salir hasta que los primeros de la fila “coronan” con una bolsa con dos o tres productos regulados. Los más apetecidos son los de la Polar.

 

 

La caravana de camiones se detiene por unos 20 minutos en el elevado que une la Urdaneta con San Bernardino. Abajo el caos aumenta, pero no es por una multitud que aclama a los candidatos que van encaramados en los camiones, sino por el “gentío” que hace compras apresuradas en los tarantines improvisados que abundan en esa zona de Caracas, pues se han anunciado dos días de paro cívico en protesta por la imposición de una Constituyente sin consultar a los venezolanos.

 

 

Desde esa altura siguen los anuncios del país que se avecina después de la Constituyente. Insisten en que vendrán tiempos de paz y aseguran que la economía florecerá cuando sean derrotados los terroristas. Abajo nadie pone atención. La prioridad de los transeúntes es superar la congestión de vehículos mientras que los peatones se cruzan con prisa cargando con dos o tres bolsitas de verduras.

 

 

No es un país en guerra, pero la sensación es la de un día de tregua. No había marchas ni “trancazos” por lo que las calles parecen las de un país normal. El presidente Maduro desde una cadena de televisión intenta inducir optimismo a una población deprimida, angustiada. Mira con seguridad a la audiencia invisible, tal como le han sugerido sus asesores. Tras tres o cuatro segundos de silencio,  asegura que el mundo se asombrará con el nuevo modelo económico que se impondrá con la Constituyente. Pero ya nadie lo toma en serio. Eso mismo se escuchaba hace 19 años cuando Hugo Chávez estaba por conquistar el poder: “Seremos un país potencia” decía con convicción su padre ideológico.

 

 

Nicolás también grita desde el estudio de transmisión y amenaza a los “terroristas” a quienes les atribuye los más de 100 muertos que en realidad han sido asesinados por los cuerpos de seguridad del Estado y grupos armados.

 

 

El país sigue gobernado por una pequeña cúpula dirigente a través del Tribunal Supremo por encima de los demás poderes. Los nuevos magistrados juramentados por la Asamblea Nacional están siendo detenidos y sus cuentas bancarias personales congeladas. La Asamblea Nacional es un organismo virtual sin potestad y sin recursos. Los precios de los alimentos se han duplicado en los últimos días. Aumentan las amenazas contra empleados públicos si no asisten a votar. El chavismo se ha reducido a esa pequeña cúpula sustentada por la FANB. Dentro del chavismo muchos comienzan a dudar sobre el camino al que los está conduciendo el designado.

 

 

Francisco Olivares

Twitter: @Folivares10

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