Sabía que al  desenmascarar las tartufadas de sus ex compañeros

de partido y de ruta les servía su cabeza en bandeja de plata

a los mastines de la dictadura. No trepidó en hacerlo.

Los grandes hombres no desatienden el llamado de la historia

De aquí, a la eternidad.

“Dios escribe recto en líneas torcidas” –asegura el refranero. Y quien crea que no es así, solo debe pensar en el inmenso significado que ha tenido el hecho de que Leopoldo López haya convertido el error de aceptar casa por cárcel, como silente coautor de un gesto de magnificencia del lacayo de Raúl Castro, en una oportunidad única para decirle sus verdades a un país del que llevaba tres años y medio de dolorosa y dramática separación. Habló Leopoldo y aplastó el silencio dictatorial impuesto a los medios, la complicidad, la cobardía o el miedo que llevan a que en Venezuela llueva de abajo hacia arriba y las gallinas canten como gallos. Terminando por ponerle una losa a las siniestras gestiones del inescrupuloso correveidile de Raúl Castro, el socialdemócrata español José Luis Rodríguez Zapatero.

Fue una excepcional ocasión para liberar las presiones de dudas, sospechas y especulaciones que el régimen, profundamente tortuoso, hitleriano, despótico en sus maneras, se había encargado de sembrar en la mente de una ingenua, inexperta en lides de enfrentamiento contra una tiranía  y siempre bien pensante sociedad civil. Después de ese estremecido y sincero testimonio –entendámoslo: de un preso político que lleva más de 1.000 días de cárcel en silencio, aislamiento y soledad torturantes– al país le quedó claro cuán siniestra es la actividad del G2 y la influencia determinante de las fuerzas de ocupación cubanas en Venezuela. Pero, sobre todo, cuánta decisión de lucha y de combate sobrevive en los genes de un hijo de la lucha y el combate que han caracterizado a nuestros jóvenes. A sus gentes. Y por cuyo desahogo Leopoldo puso sobre la mesa, con valentía, con lucidez, con coraje, su decisión de sacrificar el poco de libertad reconquistada y volver a ser llevado a las mazmorras de Ramo Verde. Tal como en dicha ocasión lo expresara. ¿Alguien duda de un gesto de mayor grandeza?

Pero el mensaje de Antonio Ledezma no fue ni un simple desahogo personal ni una clarificación ante dudas sembradas. Fue, por fin tras 18 años, la palabra del único estadista que ha sobrevivido en Venezuela del ejemplo de Rómulo Betancourt tras 36 años de su desaparición física. Cuando se le ha necesitado con desesperación y urgencia, mientras su legado era pisoteado por el asalto avieso y contra natura de quienes no alcanzan la altura de sus tobillos. Oportunistas, negociantes, arribistas, zafios y brutales en el esfuerzo por hacer perdurar la peor de nuestras rémoras: el caciquismo incontinente de caudillos civiles desalmados.

En su primer mensaje, todavía encausado en el impacto dejado por las declaraciones de Leopoldo López, considerado por el G2 y el aparato político policíaco del régimen castro madurista como el máximo y único líder, jefe de la oposición al asalto –“también leemos las encuestas y sabemos que estás a la cabeza de la oposición, de modo que te damos casa por cárcel para que seas nuestro interlocutor”, le dijeron al unísono los siniestros hijos de Jorge Rodríguez, jefe de la Liga Socialista muerto en las mazmorras de la Digepol. Era más fácil, más llamativo, más impactante y aparentemente más favorable a los fines dominadores de la dictadura en tránsito a tiranía, como para transmitir una nueva imagen de condescendencia y generosidad de un personaje profundamente despreciado en los medios y cancillerías internacionales, como el ex autobusero del G2:  encerrarlo a hablar con el hombre de paja de los Castro, Zapatero, y chantajearlo con las dulzuras de un pleno reencuentro con sus seres más queridos, su madre, su esposa, sus hijos, permitiéndole saludar a sus seguidores desde sus balcones, que seguir acosándolo en una celda de preso político solitario, dando pábulo a los peores temores. ¿Qué prueba de mayor generosidad de un gobierno consciente de su responsabilidad que luego de un juicio amañado y una condena ilegítima a más de 13 años le permitiera volver a disfrutar de sus grandes amores?

Fue parte de un ambicioso proyecto del régimen por maquillarle el rostro a la dictadura, volver a instalar al caporal en los salones diplomáticos de Occidente, mandarle algunos gestos de reconciliación al Departamento de Estado, a Luis Almagro, a la Unión Europea, a la Iglesia, al Vaticano. Aunque sobre el telón de fondo de un país en llamas, ensangrentado, adentrándose en los sórdidos meandros de una feroz guerra civil. Que copaba las portadas de los principales medios internacionales y despertaba la más violenta indignación vivida por gobierno dictatorial alguno en el mundo desde el bombardeo a La Moneda y la muerte de Salvador Allende, hace 44 años. Un ingenuo acto de prestidigitación, pues mientras con una mano devolvía a Leopoldo López a su hogar, con la otra asesinaba a más de 100 jóvenes combatientes, hería a miles, detenía a millares.

Fue entonces cuando, inopinadamente, habló el silencioso y siempre discreto alcalde metropolitano Antonio Ledezma, a quien las encuestas daban por desaparecido tras los mullidos cortinajes de su cárcel domiciliaria, en el barrio caraqueño de San Román. Con la bandera de siete estrellas a sus espaldas. Reafirmando la plena vigencia de la Venezuela honorable, digna, perfectamente consciente de su grandeza. Quien, con la sabiduría y la grandeza de un hombre de Estado, puso al correveidile en su lugar: “No venga a verme, señor Zapatero; llévele un ramo de flores a las tumbas de nuestros jóvenes resistentes asesinados por el régimen”. Ni un traspié, ni una duda, ni un solo equívoco: allí, quien hablaba, tenía la dimensión, la estatura y el coraje de un Nelson Mandela. Y quien habló no fue un joven líder apesadumbrado que explicaba sus dolorosas desventuras. Fue un estadista que describió con acuciosidad y fundamentadas razones la inmensa inmundicia de un régimen criminal, torturador, hambreador, traidor, mendaz y asesino.

Si los tartufos encuestadores y asesores de las acomodadas dirigencias hubieran abierto los ojos, habrían comprobado la dimensión del impacto que causó Antonio Ledezma con su palabra medida, exacta, segura, sobria, templada y veraz. Recordé el dedo acusador de mi amigo Ricardo Lagos dirigido en plena dictadura a su mortal enemigo Augusto Pinochet. Pero Lagos no estaba preso y Pinochet no era un servil lacayo de Fidel Castro. Y desde luego recordé también la mansedumbre y la seriedad del compromiso de Nelson Mandela ante el gobierno de Frederik de Klerk.

Tardaron algunos días los expertos en manipulación e ingeniería dictatorial de la sala situacional de Miraflores en asumir el costo incalculable de ambos mensajes. De los cuales, el mayor fue poner en claro que Venezuela tiene dos líderes perfectamente capacitados para dirigir sus destinos, nada más desalojar a la tiranía, encarcelar a sus responsables y expulsar al cuerpo expedicionario cubano. Sólidos, preparados, convincentes, generosos, carismáticos y poderosamente elocuentes. Sin ambiciones mezquinas ni intereses espurios. Venezuela libre. Más nada.

Pero esperando consumar el más abultado, desconcertante, ridículo y asombroso fraude de la historia universal, no pudieron las fuerzas policiales de la dictadura cortar por lo sano y devolverlos a sus celdas de máximo aislamiento de la prisión militar de Ramo Verde. Había primero que parir el esperpento. Violar por todo lo alto toda medida de elemental caución. Y hacer mínimamente creíble la asombrosa multiplicación de los votos llevada a cabo por el hamponil y descarado aparato electoral de la tiranía.

Mientras, en paralelo, y ya sin necesidad de gastar algunas divisas en seguir financiando al correveidile, sobajear un acuerdo secreto con los tartufos de la oposición y tirarle unas migajas electorales a la voracidad de sus dirigencias. La necesidad tiene cara de hereje. Fue cuando vino el segundo mazazo político dado la noche del lunes 31 de julio por el hombre de la circunstancia: un Antonio Ledezma poseído de una inmensa credibilidad, de una seriedad a prueba de grandes magistraturas, y un temple y coraje dignos de un Cincinato en el momento de la angustia, vino a poner las cosas en su sitio. Sabía que al desenmascarar las tartufadas de sus ex compañeros de partido y de ruta les servía su cabeza en bandeja de plata a los mastines de la dictadura. No trepidó en hacerlo. Los grandes hombres no desatienden el llamado de la historia.

De aquí, a la eternidad.

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