El pueblo es como el océano. Extenso, inmenso, insondable, desconocido, variante, puede estar sereno, apacible, fácil de nadar, y cómodo de cruzarlo flotando. Pero en sus profundidades siempre hay corrientes que van permanentes de un lado a otro, al igual que el hábitat marino, expertos aseguran conocerlas y navegan aprovechándolas.

Pero de repente se enfurece, provoca tormentas, olas gigantes e indetenibles, tsunamis capaces de cualquier destrucción, sin que se sepa bien de dónde, cómo y por qué ocurren. Así como en política, siempre hay estudiosos que conocen ideas, son navegantes, están al corriente de los secretos marinos, observan el cielo y las estrellas, evalúan nubes y predicen tempestades, pero pocos hacen caso a sus recomendaciones. Zarpan en sus botes, construyen en las playas y no escuchan advertencias.

Un glaciar formidable simula tierra firme, de repente se desprende, el desgaste lo desajusta y grandes témpanos flotan. Pueden ser hermosos fenómenos naturales y sublimes paisajes, o enormes amenazas que esconden bajo el agua su peligrosidad y riesgo.

Este mar venezolano, que mantuvo en su fondo recónditos secretos por décadas, se volvió tormentoso y sucedió lo inesperado, lo que versados presagiaron, pero fueron ignorados, despreciados y execrados como habladores de tontería, ya saben, aquella célebre cita “no, vale, yo no creo”.

Fluctuó la temperatura y un colosal iceberg emergió a comienzos de los años noventa; muchos lo vieron, pero muy pocos se dieron cuenta de la imponente masa que estaba dentro del agua, solo observaron lo que asomaba, no parecía tan grande ni tan oscuramente dañino.

Empezó a desplazarse con rumbos aparentes, pero sin guía real. Algunas embarcaciones lograron evadirlo; otros, mientras el descomunal témpano flotaba, lo siguieron abrumados en su inopia, carencia e ignorancia. Pero el sol custodiado por sus chispas ultravioleta lo iba derritiendo y debilitando. Ahora, tras demasiados errores de los confiados navegantes, capitanes mal preparados y peor entrenados, marineros inexpertos y deficientes meteorólogos, está a punto de fracturase. Las fisuras están ahí, están a la vista, son inocultables; se oyen a lo lejos, en la distancia, intensos crujidos que producen más que miedo, alarma.

Al pasar de lado el volcán constituyente en plena erupción, el mar ya no será el mismo, se sentía el alboroto. Optimistas ilusos, embaucados e inocentes soñadores están convencidos de que nace una nueva Venezuela. Pesimistas, realistas, equilibrados, experimentados y traicionados una y otra vez, aprecian que nuestro país se desmorona. ¿Quiénes tendrán la razón?

El gran témpano emprendió su travesía en la última década del siglo XX, que marcó un hito en tecnología y música. La caída del Muro de Berlín y derrumbamiento de la Unión Soviética. El colapso ruso liquidó la política de bloques, abriendo camino a un nuevo cuadro internacional con Estados Unidos como única superpotencia. Algunos hablaban del fin de la Historia y el último hombre, en la que las democracias liberales han ganado al comunismo y finaliza la lucha de ideologías iniciada en el siglo XIX. Pero el inevitable paso del tiempo acusa errores, desconciertos e infelices decisiones de peritos y científicos, el ardor de la roca fluida producto de la erupción acelera la quiebra y empieza a separarse.

El chavismo muestra sin sonrojo su grieta, la constituyente hirviente separa dos pedazos de dimensiones difíciles de calcular por ahora, fractura tan embarazosa que incluso podrían ser tres en vez de solo dos. El castrismo-madurismo ideó la trampa y cayó en ella, el cabellismo la vio y la aprovecha sin rubor; solo falta esperar cuál es el volumen efectivo de la parte más baja, la que ha dado en llamarse “ortodoxa”, “originaria”, “disidente” o, más sencillo, cultora auténtica del témpano chavista inicial, o lo que va quedando de él.

Adversarios gruñen sordamente –pero no en silencio para quien quiera oír–. La hendidura ruge entre las calles efervescentes, humeantes y en los salones oscuros, aislados. He allí el rompimiento, el volcán alimenta con su ardor las avenidas donde está la ciudadanía iracunda, harta de abusos, incompetencias, engaños, mentiras, corrupciones y muertos. El calor se siente, pero no son tomados en cuenta en los encubiertos aposentos de negociaciones y acuerdos, los mercaderes no lo aprecian, y, con las espesas cortinas en aras del secretismo nocivo y obsceno, tampoco ven correctamente, priva la distorsión y desconexión. Olfatean, algo acontece, escuchan el rumor para ellos difuso, pero lo oyen lejano, no le dan la importancia suficiente, con el agravante de que carecen de mangueras disponibles; las dejaron pudrir. Además, ¿cómo apagar un fuego que el agua a presión oficialista no logra sosegar?

Se forja una conciencia ciudadana de poder y nuevos expertos, nóveles dirigentes se foguean enfrentándose a gases, perdigones, atropellos salvajes de una calaña uniformada, armada y lanzada a oprimir y reprimir. Todos saben que las balas silban, y cuando dejan de escucharlas es porque te dieron. Y aun así continúan en pie de lucha pacífica y democrática, la gente sabe quiénes son y conoce a hipócritas agazapados resguardados del sonido que ensordece al mundo.

El mar venezolano está lejos de aquietarse, torbellinos y olas valientes amenazan y hostigarán. La tormenta arreciará con más furia e irritación. Pero ya no moverán a un solo iceberg, se agitarán otros, brotarán y emergerán los hasta ahora sin chance de irrumpir, estaban impedidos por exclusión, calificados por utilidad y beneficio al ultraje político de radicales y divisionistas, ahora los necesitan y reclamarán con razón su conocimiento, asumirán la dirección. No hay alternativa. Y, como siempre, las aguas se calmarán, los trozos de hielo seguirán flotando, más pequeños, pero claramente definidos. También el volcán terminará por sosegarse y apagará su rabia –al menos temporal–. Será entonces cuando podremos evaluar cómo será en verdad el porvenir.

Pero sin bipartidismo ni polarización, ese es un mar ya de la Prehistoria.

@ArmandoMartini

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