abemos que las comparaciones no solo son odiosas, sino también inexactas. Cada situación tiene una peculiaridad, un rasgo que le es propio en términos de exclusividad, pero el uso de las analogías tiene sentido cuando permite entender la situación que se vive en experiencias o vivencias determinadas. Con las reservas del caso, el ignominioso reino del Sebin ante el Poder Judicial y frente al clamor de la justicia, permite una analogía con los procedimientos penales del gomecismo.

Durante la tiranía de Gómez, cuando se vivió una de las etapas más terribles de la historia de Venezuela, los tribunales de justicia eran un adorno. No hacían falta para llenar las cárceles de prisioneros, ni para evitar las monstruosidades de la tortura, la clausura indefinida y la muerte por desatención médica. No había fechas para la salida de los presos políticos, debido a que no había sentencias que señalaran los lapsos de reclusión. No había presos que dependieran de los códigos, sino del capricho del dictador o de los procónsules que llenaban las ergástulas en función de su capricho.

Estaban  los presos del general, los presos de Vicentico, los presos de Eustoquio, los presos del coronel fulano de tal. Cada miembro de la familia presidencial y cada procónsul se convertían en tribunales de justicia que determinaban el destino de los gobernados que, según su parecer, merecían encierro debido a su peligrosa conducta. No había juez que se atreviera a contrariarlos, ni alegato que se pudiera ejercer en la tribuna para pedir justicia. Existía un conjunto de voluntades más importantes y poderosas que los códigos,  y de las cuales dependía la llave que abría las rejas o el dedo que evitaba la muerte.

¿Experiencia superada? ¿Situaciones que jamás volvieron en el futuro? Si buscamos repeticiones fotográficas, podemos asegurar que quedaron confinadas en su lóbrego escenario; pero si la vista se aguza las ve reaparecer en los procedimientos penales de la dictadura de Maduro. ¿No se reflejan en las ergástulas del Sebin y en las maneras ejercidas por sus funcionarios para burlarse de las órdenes de los jueces que ordenan la libertad de muchos presos políticos? No hay regulación a la cual se pueda acudir para que los agentes del Sebin se ajusten a un tipo de normalidad. La civilización y la compasión dejan de existir. Los abogados no pueden esperar la justicia que piden para sus defendidos porque la legalidad se reemplaza por el capricho de los mandones. Los jueces vuelven a ser un adorno, un jarrón chino, cuando, en contadas ocasiones, se conmueven ante la maldad y la arbitrariedad ensañadas contra los hombres justos y rectos que van a dar con sus huesos a la cárcel.

La monstruosidad se explica por sí sola, la arbitrariedad se expresa a través de su propia voz para que podamos calcular el tamaño de su atrocidad, pero mirar hacia atrás para topar con sus antecesores, con una primera oscuridad a través de la cual se analiza con mayor propiedad lo que ahora sucede con un conjunto de ciudadanos esforzados que luchan por la democracia, nos amplía el panorama para llegar a un análisis de mayor profundidad. ¿Alguien puede negar que las sedes del Sebin no se parecen a La Rotunda?

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