Muchos venezolanos de estos tiempos parecen que han olvidado que en veinte años nos hemos rebelado mucho y aprendido poco. Seguimos empeñados en ser bandos y no país, grupos y no pueblo, palabra más vacía cada día que pasa.

Hasta el 30 de julio, hace apenas dos meses, millones de venezolanos se llenaban la boca y vanidad democrática declarándose en rebeldía contra un Gobierno que resguarda, y sigue cubriendo, su incompetencia con amenazas, represión, ejercicio armado y represivo del poder.

Un régimen que estaba y aun continua contra la pared, blindado pero acosado, encerrado en una fortaleza de la cual no puede salir; son excesivas las denuncias, tribunales y cárceles lo esperan con anhelo. Una oposición que ha hecho del caos una forma de vivir y una dictadura que navega sobre el desbarajuste en medio de la niebla que nada le deja ver más allá del corto límite de sus narices.

Llegaron al poder como consecuencia que los ciudadanos se cansaron de ser excluidos, invisibles y para nada escuchados, se mantienen en él, con sus altavoces rodeados de bayonetas y una dirigencia opositora, que exhibe un lenguaje distinto, pero igual de vacío.

En medio de ambas cegueras maniáticas obsesivas, la ciudadanía mordisquea frustraciones entre hambre, desilusión, pérdida de esperanzas e ilusiones que sueña, pero no logra distinguir. La oposición, que tiene su propia vocación de anarquía, sigue pretendiendo que primero deben acomodar a sus militantes y después resolver los problemas. Sólo faltan dos semanas para la vergonzosa verdad.

Es como si Mahatma Gandhi hubiera decidido primero llegar al poder para después declarar la independencia, o Simón Bolívar se hubiera quedado en su hacienda, casona caraqueña rumiando rencores contra el control español esperando a que los venezolanos de entonces fueran por su cuenta a la guerra y después lo llamaran para arreglar las cosas.

En este 2017 que ya empieza su bajada hacia otras navidades sin alegría, con pocas esperanzas, desencantos y costosas hallacas, miles se desgastan, pierden su tiempo insultando y amenazando a otros por un tema que nada resolverá tanto si se realiza como si no. Las elecciones de gobernadores convocadas por la apócrifa constituyente cubana.

Oficialistas, atosigados de medios y angustiados por perder gobernaciones, y opositores repletos por delirios de espacios que podrán ocupar, pero no manejar, tienen el mismo miedo igual temor: que las elecciones sean tan vacías, tristes y desoladas como las fraudulentas votaciones del 30 de julio.

Ninguno de los dos grupos tiene capacidad para llenar las calles, se agotó su poder de convocatoria, ambos se han quedado en la frustración e infortunio de sus seguidores y en el pánico de los centros de votación apáticos e indiferentes. En sus propuestas no están las soluciones, y a sus partidarios sólo parece quedarles el recurso del insulto y la distorsión de la verdad.

El problema no está en votar o no, pues gane quien gane, el poder central en Miraflores y Fuerte Tiuna seguirá tomando sus propias decisiones mientras el país se desmorona día tras día sin que nadie cambie sus gastados principios ni tenga el coraje y arrojo de aplicar procedimientos que realmente puedan rescatar al país.

Entre opositores se muerden unos a otros, acusándose mutuamente de traiciones y cobardías por el ejercicio del derecho a sufragar o no, sólo están hipnotizados por un árbol y no tienen ojos ni tiempo para el gran bosque que se sigue pudriendo.

Se insultan y amenazan sin pensar en sus derechos ni en su libre albedrío, como si un gobernador más o uno menos fuese a hacer diferencia. Pierden el tiempo, vayan muchos o vayan pocos a votar por regentes que para poder serlo no les será suficiente ganar, sino tendrán que someterse a la Constituyente que los partidos opositores insistentemente afirmaron que jamás se instalaría. Y ahora, instalada, ya el hecho mismo de convocar elecciones, es demostración que está allí, respira, vive, dirige, manda y que el Gobierno castro-madurista, aunque esté perdiendo el mundo, mantiene sus garras afirmadas sobre la Venezuela oficialista, la opositora y la que no sabe qué hacer o no le interesa.

Después de las elecciones del 15 de octubre, sean cuales sean los números de electores y votos, todo seguirá igual, porque el problema final, la real tragedia, hace tiempo no es política sino de macro y microeconomía. Insultados e insultantes tendrán que pagar los mismos precios desbocados y cada día más incontrolables, se frustrarán por los mismos anaqueles vacíos, sentirán la misma decepción por militares de mucho desfilar, reprimir y poco rendir cuentas, se indignarán por los mismos políticos marrulleros, habladores de sandeces mil veces repetidas y abandonadas, sufrirán la misma desesperanza por un Gobierno que sabe satisfacer sus propios requerimientos, pero que está obcecado por propuestas y programas que fracasan una y otra vez en el socialismo del siglo XXI, tras haber fracasado contundentemente en todas las versiones socialistas del siglo XX, sin excepciones.

En dos semanas todo cambiará, será para peor. Votar es un derecho ciudadano, también lo es abstenerse, hacerlo o no, depende de su conciencia, pero en ningún caso lo anula como persona ni lo convierte en traidor.

Los derechos no se discuten, se ejercen.

@ArmandoMartini

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