Este artículo fue publicado en El Universal el día 4 de diciembre,  antes de las elecciones para gobernadores del año 2013. La gente tenía la depresión de la derrota dudosa de Capriles frente a Maduro, Chávez ya estaba muerto, y muchos decidieron no votar. La mayoría para decir verdad. No fue abstención en el sentido estricto. Se trató de una especie de pérdida total de las ganas de seguir luchando frente a un régimen que siempre ganaba a pesar de lo malo, a pesar de su pésima gestión, a pesar del fallecimiento del líder y a pesar de dejar como heredero a la peor opción disponible. Un supuesto castigo a los líderes que dijeron ganar las elecciones y no defendieron con sangre y fuero el resultado. Eso se decía.

Ya se sabe el resultado. Apenas tres gobernaciones obtuvo la oposición: Amazonas, Lara y Miranda. Las que tiene ahorita. En estos días, ya hay menos depre, pero el debate está ahí, duro y a diario. Retórica y argumentos válidos o no, pero están en boca de todos los venezolanos que a estas altu­ras ya parecen perol de loco de plaza de tanta abolladura. Por eso creemos oportuno reproducir un artículo que publicamos en El Universal días antes de esas elecciones regionales. Claro está que no tuvo ningún efecto en los lectores y menos en los votantes. No importa, no importa para nada. Y a sabiendas que habrá plomo en las opiniones lo repetimos hoy, cuando los venezolanos están a punto de regalarle las gobernaciones al peor gobierno de la historia de Venezuela: el chavismo. Esto, claro está, con todo respeto a quienes tienen posiciones contra el voto en las actuales condiciones. Muy razo­nables, pero no servirá de nada.

Veamos lo que dijimos en el año 2013. Al fin y al cabo vale igual, aunque no le paren.

“Otra vez, ante la cercanía de un proceso electoral, la oposición fundamentalmente entra en el dilema de votar o no votar. En todo caso es una reflexión respetable si se toma en cuenta todo lo ocurrido en materia de equidad y justicia electoral y más si se le agregan las contradicciones que acarrea el cuestionamiento constante al árbitro, al CNE, y a la vez el llamado a votar. Pero por encima de todo y más allá del ventajismo y el carácter dictatorial que exhibe desde hace rato el régimen son los comicios el arma más contundente para protestar y expre­sar­se. Razones sobran.

Uno. Es un Derecho. No es un regalo del chavismo. No ejercerlo comienza a con­ver­tirse en nada.

Dos. El chavismo vota por su cuenta o lo hacen votar a empujones.

Tres. Cada espacio que queda en blanco en los cuadernos de votación puede ser potencialmente llenado por la maqui­na­ria del oficialismo.

Cuatro. Todas las veces en que la tesis del abstencionismo se ha impuesto la derrota de la oposición ha quedado como una marca histórica de lo absurdo y, además, una donación de espacios políticos que no tiene parangón en otros países. Y donde han tenido éxito, además de no votar, implica protesta activa en la calle a riesgo de lo que sea. Eso no se ha visto tampoco por estos lados bolivarianos.

Cinco. La violencia o caminos inconsti­tu­cionales son inseparables de altos riesgos personales.

Seis. Todas las elecciones en las que los factores democráticos se miden contra el régimen terminan vistos como un plebiscito. Es la manera de demostrar, a todo el que quiera verlo y evaluarlo, de qué lado está la mayoría y cuál es la visión objeto de rechazo. Esa medición, más allá de la trampa, ha favorecido al chavismo en todos los comicios, salvo en dos: el referendo que dejó al falle­ci­do comandante repitiendo la palabra pí­rri­co en cadena. La segunda, en las elec­cio­nes de la AN donde si no es por frau­de legislativo que hicieron los cha­vis­tas previamente, la oposición sería ma­yoría en el Parlamento. Fue un hito numérico que todavía saca ronchas en el régimen.

Siete. En esta oportunidad es de im­por­tan­cia capital terminar con mayor voto po­pular para significar que este pro­yec­to cubano no es aprobado por el tan men­tado soberano.

Ocho. No votar es una clara demos­tra­ción de descontento, pero de muy du­do­sa efectividad. Al final es un regalo al ad­versario. Peor si no se vota simple­men­te porque hay más interés en la pla­ya o en Blu Ray.

Nueve. No ejercer el derecho al voto no inhabilita para seguir hablando, pero des­califica en términos de compromiso con la democracia.

Diez. “A mayor participación, más prue­bas de fraude”.

Veremos qué pasa el 15 de octubre. Oja­lá no sea lo peor.

erojas@eluniversal.com

@ejrl

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