En política, las cosas son como son. Y los cursos de acción son buenos si te garantizan el éxito, y muy malos cuando te dejan en una condición peor a la que te encontrabas. Napoleón, por ejemplo, pensó en 1812 que apoderarse de Rusia y ser, por tanto, el dueño del mundo conocido era tan fácil como movilizar su ejército, tomar Moscú y Petersburgo, y forzar una paz conveniente con el Zar Alejandro. De hecho, era una guerra popular. Contaba con el apoyo de los franceses. Porque así son los pueblos, a veces confunden entusiasmo con posibilidad, y no pocas veces asumen sus decisiones como parte de un compromiso moral, un deber ser del cual no se pueden desprender, aun cuando presientan que no tienen visual del futuro, ni se imaginan cómo pueden desencadenarse los acontecimientos. Van yendo, detrás de sus dirigentes, a veces hacia ningún lado. Las moralejas de la vida se presentan como golpes innobles en la cara de los que desafían la fortuna sin tener el talento necesario, o aun teniendo eso que algunos llaman “genio”. El emperador de Francia, protagonista, productor y director de su propia debacle tuvo al menos el tino de reconocer y lamentarse amargamente por lo que efectivamente ocurrió. Escribió lacónicamente que “de lo sublime a lo ridículo hay un solo paso”. Lo cierto es que una mala decisión tras otra selló su destino y el de todos los franceses que lo acompañaron en un plan tan temerario como imposible de realizar. Stendhal, obsesionado con el personaje, comentó que “se dejó vencer, no por los hombres, sino por su orgullo y por el clima”.

Los liderazgos no se improvisan, aunque nosotros insistamos en que cualquiera puede convertirse de un día para otro en un buen jefe. A veces, demasiadas tal vez, nos dejamos anonadar por las aristas seductivas de personalidades carismáticas, o por momentos llenos de emocionalidad. Nos equivocamos porque somos el saldo de nuestras propias obcecaciones. Nosotros, por ejemplo, tenemos la infausta obsesión por la juventud, como si la poca edad invistiera a los hombres de un halo mágico que los hace más sabios y prudentes. La edad no tiene nada que ver. Ni aporta ni quita. No es un tema generacional, son otras cosas las que producen la diferencia. No es la fecha de nacimiento. Los mesías no se ofrecen al por mayor. Es cuestión de virtudes explayadas en el momento y el tiempo oportunos. Aquí nadie se pregunta si los que están al frente poseen sabiduría, sinceridad, humanidad, coraje y disciplina para mantener un curso de acción, independientemente de las presiones del entorno. Nadie alude al quinteto de competencias y cualidades que provocan una verdadera capacidad para liderar. Nadie parece comprender que este complejo de cualidades no es optativo ni segmentable, o sea, no se pueden prescindir de algunas por el sobreuso de las otras.

La realidad es como es. Debe ser objeto de un análisis sesudo para validar las oportunidades. No sirven que adornemos la realidad con cláusulas condicionales que la desfiguran, y transforman las certezas en deseos que rápidamente se convierten en fiascos. Por lo general las circunstancias no obedecen ni se pliegan. Maquiavelo prevenía contra la fortuna, a veces favorecedora y muchas otras veces cruel y obstinada. Y los adversarios son como son. Los malos analistas los edulcoran y los peores políticos los imaginan mejor de lo que efectivamente son. Haber creído, por ejemplo, que el régimen iba a respetar el secreto del voto, no iba a usar el CNE como ariete para romper cualquier mayoría imaginable, y que se iba a abstener de su impudicia, solo generó esa sensación de estar participando en algo grotesco, pleno de confusiones, como si estuviésemos poseídos por la locura de un nuevo Quijote, tratando de combatir contra una ficción, con armas de fábula, creyendo que eran molinos de viento lo que en verdad eran los ejércitos del fraude, debidamente alineados, armados de un cinismo insólito, capaces de llegar a realizar cualquier tropelía, como efectivamente hicieron, mientras que comenzaba a ocurrir una desbandada predecible entre una mayoría completamente equivocada en su juicio, mal dirigida, engañada por sus líderes, desbarrancada en el abismo de la perplejidad, porque nada, absolutamente nada de lo prometido, ha sido honrado. Lo terrible sería que se repitiera este ciclo de iniquidades en ocasión de la nueva convocatoria a la simulación de las elecciones municipales, pero la ambición ciega, y la estupidez de la corrección política, que habla de espacios que se regalan si no se pelean, colocarán de nuevo al país en la infeliz circunstancia de errar el camino.

Por eso mismo, porque estamos de nuevo en la terrible posibilidad de redundar nuestra historia, trágica de origen, cómica por la trama de actores desencajados y pícaros, y patética en sus resultados, por todo eso bien vale la pena recordar lo que ocurrió muy recientemente. Los ciudadanos fueron objeto de conspiración bicéfala. Por un lado, la previsible trama de un régimen que necesitaba ganar tiempo y legitimidad para su fraude constituyente. Por el otro, “la conspiración del optimismo ingenuo” (o de los pendejos, si se quisiera llamar así) que, comprometida a ultranza con una ruta electoral hecha para su propio desastre, de repente se tornó en un odioso fundamentalismo empeñado en la tontería perniciosa de perseguir a los disidentes, de injuriar a todos los que se negaban convalidar esa trágica insensatez que colocaba en peligro todos los avances de un movimiento social que aun hoy necesita exasperadamente salir de un régimen cruel, pertinaz en su obcecación, incapaz de resolver ninguno de los problemas, y empeñado en mantenerse a pesar de todo. Esa conspiración contó, y hay que decirlo, con una maquinaria de intelectuales, encuestadores, analistas, poetas, opinadores e influencers que obstinadamente llamaban a votar, y tozudamente dejaban ver que quien no lo hiciera era poco más que un cretino. Hay que dejar constancia de su grave error, del comportamiento de pandilla que asumieron con total irresponsabilidad, y de que por esa vía demostraron toda la degradación que estos veinte años nos ha ocasionado. ¿Será que los mismos van a volver a incurrir en una nueva cruzada contra la sensatez?

Nunca el país ha estado más dividido. Nunca han sido más erráticos sus líderes. Nunca menos independientes han sido mucho de sus intelectuales. Muchos se prestaron, sin rubor alguno, a participar de una logia empeñada en alinear, silenciar y desprestigiar cualquier intento de advertir que estábamos en la ruta errada. Pero siguen. ¿A quién se le ocurre que puede tener sentido enajenarse la buena fe y el acompañamiento del secretario general de la OEA, o mandar a callar a los expresidentes organizados en IDEA, simplemente porque advirtieron la inconveniencia de participar en una simulación electoral como la que propuso el régimen? ¿A quién se le ocurre mantener una continua actitud hostil y crítica contra los esfuerzos de Luis Almagro para seguir señalando que la confabulación bicéfala nos conduce a la oscuridad autoritaria, más allá del barniz democrático que, como mal disfraz, ha sido convalidado por los que aceptaron participar en el fraude electoral? ¿Quién puede entender que los supuestos líderes de la oposición se reúnan con embajadores y organismos internacionales para hacerles ver que no están de acuerdo con esa mirada exterior que advierte una escalada tiránica cuya consecuencia seguirá siendo el hambre y las penurias de los venezolanos? ¿Quién puede entender que esa sea la ocupación de unos parlamentarios que, por otro lado, dejaron de sesionar, abandonaron el parlamento, descuidaron sus funciones, y no han sido capaces de dar una sola explicación al país del abandono de sus funciones? ¿Tomarán nuevos aires para seguir cobrando humillaciones y derrotas en las próximas simulaciones electorales?

El no haber caracterizado bien al adversario se ha convertido en una desventura. Pero el actuar perversamente, deshonrando todas las ofertas y promesas políticas, se ha convertido en una gran calamidad. Los que decidieron competir en esa simulación electoral, y los que no dudan en seguir participando en las próximas, argumentaron una y otra vez que de ninguna manera y en ninguna circunstancia iban a reconocer, convalidar o interactuar con la írrita asamblea constituyente. Ellos también dijeron que querían acopiar suficientes triunfos para fortalecer su propuesta de cambio político inmediato. Ellos plantearon que la lucha era la misma, sin connivencias imaginables, sin darle chance al régimen a que argumentara la pacificación del país. Ellos cometieron perjurio. Pero no solo eso, degradaron la política al argumentar la vileza, al trastocar los argumentos y al ejercer “el caradurismo” más abyecto. Lo peor es que, mostrándose tal y como verdaderamente son, han desalmado al ciudadano. Lo han dejado desolado y desguarnecido. Por eso mismo hemos tenido que sufrir la horrorosa desbandada de los últimos días. Muchos decidieron irse del país porque asumieron que la oposición no quiere ser alternativa. Descubrieron una confabulación macabra que solo se explica porque ambas parten comparten un guión sin fin en el que el régimen siempre gana, y su alternativa siempre está disponible para perder, al precio que sea. Los venezolanos van descubriendo que el adversario es más complejo, una medusa que no se deja ver porque su rostro es una composición inacabada e insaciable de miles de rostros que se van sumando en una conjura cuyo resultado, deseado y no deseado, es la servidumbre de los venezolanos.

Esa oposición articulada alrededor de la MUD está implosionando. Carece de esa influencia moral que es necesaria para dirigir buenas batallas y obtener buenos resultados. El odio, la suspicacia, la falta de transparencia y la competencia despiadada de agendas particulares son sus signos. No hay benevolencia con la gente que sufre y muere esperando por comida o medicinas. No hay justicia sino componendas entre grupos que se alían circunstancialmente. No hay rectitud sino una insoportable sinuosidad que afinca la desconfianza y desfigura cualquier intención. Porque si la política se mide por sus resultados, allí están esos resultados, esas justificaciones y ese intento absolutamente abominable de seguir culpando a los que por decencia y convicción decidieron no prestarse a un juego trucado, a una falsa elección, a una trama que de ninguna manera favorece al ciudadano, o al menos le otorga aliento o esperanza de salir alguna vez de esta pesadilla. Toda oferta fue totalmente desmentida por el discurso y la acción de esos cuatro gobernadores adecos. Y por el cinismo de su jefe político, cuyo juego está apostando a la desmemoria y a la inmensa necesidad del promedio de los venezolanos. ¿Serán ellos peor que la nada que han provocado?

Repito lo que ya señalé en mi artículo anterior: Yo creo que el país merece pasar la página, sin que eso signifique intentar la desmemoria. No será fácil, porque el régimen, que si sabe de tiempos y de espacios, acaba de convocar a la simulación de las elecciones municipales. Empero, hay aprendizajes que deben quedar para que en el futuro no se produzcan las mismas circunstancias tragicómicas. Por eso creo que vale la pena hacer el inventario de experiencias y necesidades: En primer lugar, la necesidad de construir una expresión unitaria sin perversidad, sin metas subalternas y sin cartas bajo la manga. En segundo lugar, el privilegiar el imperativo estratégico como sustitutivo definitivo de la improvisación, que es el caldo de cultivo perfecto de los oportunistas. En tercer lugar, la presentación al país de un liderazgo principista que encabece una coalición ética. Los venezolanos no soportan una decepción adicional. En cuarto lugar, la necesidad de limpiar la opinión pública de las “guerrillas comunicacionales” y la patética acción de las “beatas”, que por la fuerza del argumento ad nauseam, del insulto procaz y de la injuria, quisieron imponer una corriente de opinión absurda, cual es, que la abstención era causa de sí misma, y que los abstencionistas eran los nuevos criminales políticos. ¿Hasta cuando los disidentes tenemos que seguir siendo las víctimas de una jauría feroz y perfectamente articulada, patrocinada por oscuros intereses partidistas, propagadores del odio y del enfrentamiento, no de las ideas, sino de las reputaciones?. En quinto lugar, hay que construir y consensuar una caracterización definitiva e irreversible del régimen como un sistema de trampas, ventajismos y arbitrariedades sobre los que se sostiene de una tiránica dictadura totalitaria. No es posible que el mismo régimen que hasta el 19 de julio era calificado como una terrible dictadura, luego terminó siendo una semi-democracia, o cualquiera de sus variantes eufemísticas, solamente para complacer a quienes de otra forma no encontraban como justificar el haber ido a la simulación electoral. En sexto lugar, el país tiene que dejar de ser esclavo de las falacias planteadas por los encuestadores, transformados en jefes políticos por mampuesto y expertos en colocar al país siempre al borde de la perplejidad. Ojalá algún día se patrocine e instrumente una institución que haga las encuestas para todos, que sea honesta y transparente, de servicio público. Y, por último, en séptimo lugar, entender que los ciudadanos cobran muy caro la inconsistencia de los liderazgos. Los líderes políticos deben dejar la perversidad abismal que se avizora entre el discurso que proponen y lo que terminan siendo sus acciones. Deben pensar más en el país y menos en ellos. Tienen que reconciliarse con la política como el arte de lo posible y, por lo tanto, dejar la impotencia que los conduce al facilismo, y les impide intentar imaginar cursos de acción inteligentes y corajudos. No es posible que sigan recostados al simplismo abyecto de presentarse “como las víctimas de lo que hay y es posible”. Estos días han sido ganados por la impudicia. El emperador está desnudo, los niños se burlan de él, y ni con la ayuda de las “beatas” en acción, van a poder cruzar la calle sin que los ciudadanos primero los miren con desprecio, y luego los linchen simbólicamente.

No hay peor condición para un político que dar lástima y pena ajena. El invento del abstencionismo como causa y efecto a la vez, fue un asqueroso intento de eludir la responsabilidad que solamente ellos -esos políticos- tienen en la construcción de sus propios fracasos, y los del país. El que ahora mismo traten de lubricar la conciencia nacional para que terminen de asumir que por cuatro o cinco gobernaciones bien vale la pena tragarse la decencia, los exhibe como los mejores aliados de quienes nos tienen encadenados a todos. El haber comprado como bueno el cinismo, el haber aplaudido al líder escatológico, cuya boca estaba llena de mentadas de madre y muy vacía de contenidos y probidad, tiene que ponernos a pensar sobre cuál es la altura con la que estamos sobrevolando nuestra propia tragedia. El sentir que todos somos el arquetipo de Alí Baba, que no sale de su sorpresa al ver que los cuarenta ladrones se están exterminando entre ellos porque cada uno quiere todo el botín, sin tener que compartirlo, debe llamarnos a la reflexión sobre el tipo de líderes que hemos aupado, y también comenzar a razonar sobre algunas opciones que siempre hemos dejado de lado, precisamente por la fuerza de sus convicciones, por la integridad de sus planteamientos, por su coraje, y porque dice algo que es cierto: sin encarar el desafío estamos condenados a la nostalgia de una buena vida que nunca obtendremos, y seguiremos ahorcados por una tiranía que no descansará hasta ver totalmente destruida nuestra dignidad. ¿Volverán a participar en la próxima simulación electoral? El desbarrancadero es un vacío oscuro e infinito.

Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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