El laberinto de la soledad

Es improbable que el poeta mexicano Octavio Paz haya pensado en la oposición venezolana cuando escribió una de sus obras cumbres, El laberinto de la soledad.

Tampoco creo que las raíces psicológicas del pueblo mexicano tengan mucha relación con las del venezolano: mientras mayas, toltecas, incluso aztecas, completaban enigmáticas cifras matemáticas, escribían poesía o configuraban el cosmos en una genial piedra, nosotros nos comíamos entre nosotros mismos.

La soledad del venezolano no es anímica ni estamos en un laberinto; nuestra soledad es la de quien vomita –borracho– entre matorrales o cañerías.

La orilla de la ebriedad

La antropología del venezolano no es algo para ufanarse o de festejo, todo lo contrario. Nuestro momento más brillante como nación fue la Independencia, cuando una reunión de lunáticos e idealistas, imbuidos por ideas libertinas heredadas de la Ilustración, europeizados, vestidos algunos con casacas francesas, agruparon hordas de descamisados y analfabetas y completaron la épica más lúcida de la historia de América Latina.

Antes de eso, primero los caribes (cuyo canibalismo logró impresionar a españoles, que a su modo colonizador también lo eran) y posteriormente bucaneros, filibusteros y piratas, encontraron en las deslumbrantes costas de Venezuela un orilla en la cual descargar su ebriedad.

Y vomitar en paz.

Cachetada de realidad

Venezuela, su debate existencial, es una gran batalla psicológica y moral entre la barbarie bucanera, de arrebatadores y caníbales, de piratas depravados y criminales (aunque se vistan de seda y emperifollen sus gargantas y orejas con oro, brillantes o perlas) y virtuosos civilizadores, ilustrados independentistas, soñadores de mundos libres e idealistas.

Maisanta contra Bello; Boves frente Bolívar; Chávez (su peste) ante la juventud que sueña, obra y lucha por una Venezuela mejor, más humana y más libre.

Cada cierto tiempo nuestra cruda y cruel realidad nos abofetea y emergen las furias telúricas de nuestra antropología para reconquistar lo peor de nosotros mismos, llegar al poder, emborracharse, engordar, arrebatar todo, encarcelar, violar, asesinar a mansalva y vomitar frente al espejo.

Cada cierto tiempo emerge nuestra raíz psicológica de piratas del Caribe y rige a Venezuela con bestialidad.

Chávez, Maduro y Cabello como prueba.

La inmoralidad e indolencia de las élites

Salvo contadas excepciones (no se necesitan dos manos sino una para totalizarlos), las élites venezolanas –¿su herencia bucanera?– siempre se adhieren a las bacanales y orgías corruptas de su tiempo. No me refiero solo a las élites económicas, también a las culturales, sociales y políticas.

Artistas (¿lo menciono?), académicos (lean El Universal), encuestadores (espiritistas de la numerología), políticos (tartufos que han hecho de nuestra política un abasto de propinas), empresarios (bolilavadores, bolinarcos, boliguisadores, boligrandes y bolichicos de todas las épocas), inclinan la balanza de sus apetitos al botín venezolano (“si no lo agarro yo, lo agarrará otro”), se hinchan de avaricia y de codicia, se hartan y vomitan sobre sí.

La orilla de la ebriedad: nuestra grácil Venezuela.

Un sueño de justicia y libertad

Hace algunos años, poeta inconcluso al fin y al cabo (¿iluso, idealista, lunático?), tuve un sueño: cambiar la espiral descendiente (y decadente) de la ebriedad e incentivar en las nuevas generaciones de venezolanos (muchos de ellos niños para entonces) un sueño de justicia y libertad.

Les hablé de ideales, derechos humanos, luchas civiles y noviolentas, contra viento y marea, en el lodazal, me forcé por hacerles creer en la Política (en mayúscula) como un anhelo reivindicador de la civilización, que tanto se nos niega.

Muchos de ellos creyeron y creen, por hacerlo han sido asesinados, encarcelados, torturados o viven agónicamente en el exilio. ¿Por qué?

¿Por soñar en una Venezuela civilizada y próspera?

Posdata como autoflagelación

La moral es un esfuerzo humano por disciplinar nuestros excesos, abusos y apetitos. Virtuosos son quienes a través de la razón y la conciencia crítica logran contener sus voracidades más ancestrales.

¿Seremos capaces algún día de convertir al pirata en ciudadano? En las costas de la crueldad y la barbarie cada ciudadano es un maestro.

Lamentablemente, hoy los piratas más ruines ocupan el cetro.

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